La novena sinfonía de Ludwig van Beethoven es una de las composiciones más famosas del mundo, su complejidad musical es capaz de transmitir emociones que sería imposible con palabras.
Una obra impecable que doscientos cincuenta años después sigue causando sensaciones y despertando las emociones más íntimas de los seres humanos, lo que la convirtió en una pieza ideal para transmitir mensajes ideológicos y políticos, como lo ha demostrado la historia del mundo.
Sin embargo, aunque la Novena Sinfonía puede llevar hasta 25 minutos para su interpretación, una de las partes más esperadas es la “Oda a la Alegría” que resalta el espíritu de la hermandad y comunidad de la humanidad, y esto explica el por qué de su uso en la política, pues vale mencionar que esta obra es desde 1972 el himno de la Unión Europea.
«Alude a la idea de la fraternidad, que todos los seres humanos se vuelven hermanos», señala Esteban Buch, profesor de historia de la música del Ecole des hautes études en sciences sociales (EHESS), en Francia a la BBC. Y agrega: «Esa idea muy simple de la solidaridad universal es lo que llega al sentimiento de la gente y son las razones para cantarla».
La Novena Sinfonía también fue utilizada durante la caída del Muro de Berlín, en 1989 y bajo una dimensión política en 1845 en Bonn, Alemania —ciudad natal del compositor— se montó una estatua en su honor por iniciativa de un grupo de músicos internacionales que tendía a rendir culto a la música en sí y a Beethoven como dios titular de los músicos.
Esta pieza también fue del gusto de Hitler y la supo utilizar muy bien durante su mandato en la Alemania nazi, tal como lo indió el mismo Joseph Goebbels, la sinfonía era la opción perfecta porque ilustraba con su «combatividad y lucha» la capacidad del Führer de lograr una «victoria triunfante y alegre».
Y en 1974, la recién independizada República de Rodesia (hoy Zimbabue), que impuso un régimen de apartheid, también demandó que se utilizara la Oda a la Alegría como himno nacional.
Buzón de Noticias