El hambre no es solamente una necesidad física, sino que tiene mucho que ver con nuestras emociones afectando directamente la forma de comer de formas que, incluso nunca llegamos a comprender.
Lo cierto es que el deseo de comer está influenciado por diversas causas que se derivan directamente del tipo de hambre que se tenga, por ello nace la necesidad de identificarla:
El hambre fisiológica se manifiesta gradualmente, nuestro cuerpo va sintiendo la necesidad de comer poco a poco y esta puede ser satisfecha completamente una vez que se termina de comer
El hambre emocional, en cambio, llega de repente, sin avisar, y con la necesidad de ser satisfecha inmediatamente, generalmente con un alimento muy específico.
Lo cierto es que en muchas ocasiones canalizamos nuestras emociones a través de la comida, es por eso que cuando nos dan atracones estos se convierten en una forma fácil de salir del estrés, ansiedad, tristeza y hasta aburrimiento.
Cuando usamos la comida para calmar nuestro estado emocional estamos alimentándonos emocionalmente. De alguna manera la preocupación por nuestro peso y por nuestro cuerpo enmascara preocupaciones aún más profundas. Esto se convierte en un círculo vicioso de preocupaciones que no se resuelven y que frenan nuestra capacidad de crecer y desarrollarnos.
¿Cómo controlarlo? consumiendo alimentos ricos en triptófano, encargados de neurotransmitir serotonina, melatonina y de la vitamina B3:
1. Carne (sobre todo pavo y pollo) y pescado azul (salmón, atún).
2. Huevos, sobre todo en la yema.
3. Lácteos bajos en grasa.
4. Plátano, piña, aguacate, ciruela, berros, espinacas, betabel, zanahoria, apio, alfalfa, brócoli, dátiles.
5. Frutos secos (almendras, nueces, pistaches).
6. Chocolate amargo.
7. Cereales y granos enteros.
8. Semillas (ajonjolí, calabaza, girasol).
9. Legumbres (garbanzos, lentejas, habas, soja).
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