Durante gran parte del siglo XX (desde 1948 hasta los 90) en Sudáfrica se crearon un conjunto de leyes desiguales y discriminantes contra la población india y negra de este país, un sistema político impulsado por los descendientes de colonos europeos que deseaban mantener sus privilegios sobre la población autóctona.
Entre las medidas aplicadas en ese entonces, los negros no tenían permitido votar y además debían vivir en zonas alejadas de blancos. De la misma forma no podían cobrar el mismo salario que los blancos por hacer el mismo trabajo y de ir al colegio debía ser en centros separados con el peor nivel educativo.
Negros y blancos no podían casarse ni utilizar el mismo baño público, de la misma forma estaba prohibido que negros usaran el mismo autobús de los blancos o se bañaran en sus playas.

La presión internacional
Durante esos años los países del mundo le dieron la espalda a Sudáfrica por sus leyes racistas y mientras las Naciones Unidas reclamaban el fin del apartheid, fueron bloqueados acuerdos económicos con Sudáfrica y se eliminó su participación de los Juegos Olímpicos para presionar a gobierno.
Sin embargo, el partido de Nelson Mandela, el Congreso Nacional Africano (CNA), se organizó con numerosas marchas y acciones de desobediencia civil y aunque al principio apoyó la resistencia pacífica, más adelante se lanzó por acciones violentas de algunos sectores del partido. Por ese motivo fue juzgado y condenado a cadena perpetua.
Gracias a la presión internacional y a las negociaciones entre el presidente sudafricano y el CNA, el gobierno liberó a Mandela en 1990 y suprimió el apartheid en 1991. Después de ser presidente, Mandela moderó su discurso y apostó por el diálogo y el entendimiento, lo que le valió el premio Nobel de la Paz en 1993.
Buzón de Noticias